ESTUVE ENFERMO Y VINISTE A VERME

Carta semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares


La atención solícita, el cuidado entrañable, la cercanía y la ayuda a los enfermos es parte integrante de la evangelización y uno de los signos más privilegiados de que ha llegado la salvación. Jesús “los envió con estas instrucciones: «Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca. Sanad a los enfermos»” (Mt 10, 5.8). Celebramos la Jornada dedicada a los enfermos, pedimos de una manera especial por todos ellos. Sentimos la llamada de Dios a estar muy cercanos a todos estos hermanos nuestros. A través de esta cercanía deberán experimentar la cercanía suprema de Dios. Nadie como Él, como vemos en su Hijo Jesucristo, está tan cercano a estos hermanos, los enfermos, a los que tantísimo les debemos, porque, entre otras cosas, son en buena parte los que llevan la Iglesia, están completando con sus sufrimientos la pasión redentora de Cristo, están llevando a cabo con Él la salvación de los hombres .

En toda época, la Iglesia a través de sus hijos se aproxima a los hombres de toda condición, pero sobre todo a los que sufren y se entrega gozosamente a ellos, animada por aquella caridad con la que Dios nos ha amado y ama a los hombres en su Hijo Único, Jesucristo, que tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades, pasó por el mundo haciendo el bien y sanando de toda enfermedad y dolencia

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En Cristo, médico de los cuerpos y de las almas, Dios ha visitado a su pueblo, se ha hecho cercano, próximo a Él. Señal espléndida de que Dios está con nosotros, con los hombres, sus hijos y su pueblo, es la compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de enfermos de todo tipo. Jesús vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “estuve enfermo y me visitasteis”. Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Lo vemos en los enfermos, ahí lo encontramos

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La Iglesia que ha recibido de su Señor la tarea de velar cuidadosamente por ellos, de aliviar con todos sus esfuerzos y sin desmayo a los que sufren, cumple su misión con sus cuidados solícitos a través de la dedicación infatigable de tantos hermanos, por la oración de intercesión con que acompaña a los enfermos, con la Palabra de Dios que ilumina, alienta y consuela y, sobre todo, con los medios de gracia, los sacramentos, con que los hace partícipes de los bienes de la salvación y del amor de Dios (Eucaristía, Penitencia y Unción).

La enfermedad, junto con las debilidades que puede comportar, es una situación en la vida en la que el don de Dios se hace muy presente: así muestra su cercanía. La enfermedad puede ayudar a discernir más que en otros momentos pletóricos de fuerza lo que verdaderamente cuenta, lo que es esencial y lo que no lo es. Ella acerca más a Dios y ayuda a comprobar cuán verdad son aquellas palabras de San Pablo: “Mi gracia te basta; mi fuerza se muestra perfecta en su flaqueza”

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Los sufrimientos tienen como sentido completar en la carne propia lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia. La enfermedad y la vejez hacen vivir más cara a Dios, Señor de la vida y de la muerte, volver a Dios, poner ante Él la vida e implorar de su misericordia, su compasión y su perdón

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Este Día de los Enfermos, una vez más, nos llama a todos a que seamos el rostro de un Dios cercano que les quiere y que se desvive por ellos, que seamos la manifestación de esta madre Iglesia, que con Cristo, su Señor, sufre con sus hijos enfermos, que está al lado de ellos. Oremos por los enfermos. Amemos entrañablemente a los enfermos. Estemos a su lado. No regateemos ningún esfuerzo en su favor. Seamos alivio, consuelo, compañía, curación y esperanza para ellos. Luchemos por estos enfermos

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A los que padecen la enfermedad, a vosotros queridísimos hermanos, enfermos, que os identificáis con Jesús crucificado, y que le buscáis como salud, os digo que os quiero, que os admiro, que pido por vosotros. Os digo también ¡Gracias!, porque pocos como vosotros hacen más por la humanidad y por la Iglesia. ¡Gracias por vuestro testimonio! Cuánto aprendo de vosotros cuando os visito. Y sobre todo aprendo a decir con más verdad eso que vosotros repetís tan de todo corazón: “lo que Dios quiera, en sus manos nos ponemos”. Nada más importante que lo que vosotros vivís: hacer la voluntad de Dios, eso es lo que salva, eso es lo que cambia el mundo. Seguid confiando en Dios, seguid confiando en Jesucristo, que está tan cercano a vosotros, que se identifica con vosotros.

Con afecto para todos, sobre todo para los enfermos y para sus familias. Que Dios os bendiga.

+ Antonio Cañizares Llovera


Arzobispo de Valencia



El cardenal Cañizares ha entregado réplicas del Santo Cáliz a siete parroquias valencianas, entre estas nuestra parroquia de Santa Cecilia

El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha asegurado esta tarde que la presencia en la Catedral del Santo Cáliz que según la tradición utilizó Jesucristo en la Última Cena, hace que Valencia tenga “una responsabilidad muy singular de que la eucaristía sea, muy visible, centro y vida de toda nuestra archidiócesis” y ha invitado a los fieles valencianos a “tomar conciencia de ello”.

En la misa que ha presidido esta tarde en la Catedral, con motivo de la fiesta del Santo Cáliz, el purpurado ha expresado que “para nosotros es una alegría y al mismo tiempo una responsabilidad el estar tan estrechamente vinculados a este vaso sagrado y a este misterio de la fe”.

Ante el Santo Cáliz, que ha sido sacado de la capilla, el cardenal Cañizares ha afirmado que “queremos hoy, en esta fiesta, tomar conciencia de ello con el corazón lleno de admiración y gratitud para adorar a Cristo mismo que hace presente aquí el misterio pascual de su Pasión, Muerte y Resurrección y nos hace tomar parte y entrar en la realidad viva del misterio sagrado de nuestra fe”, ha señalado.

El Año Santo Jubilar “lo estaremos celebrando en 2015 ya en esta fecha”

De igual modo, al término de la misa, en la que ha permanecido el Santo Cáliz expuesto junto al altar, fuera de la capilla donde es venerado, el Cardenal ha recordado el inicio el 29 de octubre de 2015 del Año Santo Jubilar Eucarístico concedido por la Santa Sede cada lustro a Valencia en conmemoración de la reliquia y ha dicho que “lo estaremos celebrando ya el año que viene en esta fecha”.

De igual modo, ha alentado a que el Año Santo Jubilar “nos lleve a intensificar el amor a la Eucaristía y a vivir conforme a ella para que renovemos una iglesia misionera y de unidad, en unos tiempos nada fáciles”.

Por otra parte, en la misa de hoy se ha empleado por primera vez el texto de la misa votiva del Santo Grial aprobado por la Santa Sede el pasado mes de agosto, a petición del entonces arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro, en un decreto firmado por el entonces cardenal prefecto de la Congregación para el Culto Divino y hoy arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares


Siete parroquias reciben la réplica

La misa en la que intervenido la Coral Catedralicia, ha comenzado con el traslado en procesión por el interior de la Seo del Santo Cáliz desde su emplazamiento en la capilla de la Catedral donde se venera hasta el altar mayor.

Durante la eucaristía, el Cardenal ha bendecido y entregado las réplicas que son regaladas cada año a aquellas parroquias que han destacado bien por haber restaurado sus templos o por su labor pastoral.

Este año las parroquias que han recibido las réplicas del Santo Cáliz han sido las de San José, de Ontinyent; San Francisco de Borja, de Gandia; San Antonio de Padua, de San Antonio de Requena; San Roque, de Villargordo de Cabriel; Asunción de Nuestra Señora, de Benaguacil; San Valero Obispo y San Vicente Mártir, de Valencia; y Santa Cecilia, también de la capital valenciana.

Asimismo, la misa ha sido concelebrada por el Cabildo Metropolitano y los sacerdotes de las parroquias que han recibido las réplicas. Al término de la eucaristía, el Santo Grial ha sido devuelto, de nuevo en procesión, a su capilla de la Seo.




MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA
CUARESMA 2018.

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

            Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», [1]  que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

            Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad. Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» ( Jn  8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; [2]  su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» ( 1 Tm  6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. [3]  Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas. También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte. El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica  Evangelii gaudium  traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero. [4]

¿Qué podemos hacer? Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. El hecho de dedicar más tiempo a la  oración  hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, [5]  para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida. El ejercicio de la  limosna  nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» ( 2 Co  8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad? [6] El  ayuno , por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre. Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo. Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental. En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», [7]  para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad. Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí. 

FRANCISCO

 

 

Fotos de Bendición a las futuras madres al final de esta página

BENDICIÓN DE FUTURAS MADRES EN NUESTRA PARROQUIA DE SANTA CECILIA

 

 

 

 

Sr. Cardenal Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de Valencia

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BENDICIONES EL 13 MAYO Y 8 DE DICIEMBRE DE 2018

CUARESMA 2018